De León XIII a León XIV: el cooperativismo y la vigencia de una doctrina social

Por Gisela Ivanna Wild.*

Desde que me llegó por correo el QR (como si fuera la entrada para un recital) no dejo de entrar a la casilla de mails para chequear que siga ahí.

El próximo lunes voy a tener el enorme privilegio de participar del Encuentro con el Mundo del Trabajo que encabezará el papa León XIV en Buenos Aires, como dirigenta del cooperativismo de servicios públicos y como parte de un movimiento que lleva más de un siglo demostrando que es posible organizar la economía desde la solidaridad, la participación democrática y el compromiso con el bien común.

Pero también voy a estar ahí desde un lugar profundamente personal: como mujer católica, con una emoción enorme y con la convicción de que mi fe y mi compromiso cooperativo y político se encuentran todo el tiempo en la práctica.

Que el nuevo Papa haya elegido llamarse León XIV tiene un peso enorme. Robert Prevost explicó que eligió ese nombre inspirado en León XIII, el pontífice que en 1891 publicó Rerum Novarum, la encíclica que dio nacimiento a la doctrina social moderna de la Iglesia.

La encíclica nació en pleno impacto de la Revolución Industrial, en un mundo oscuro y gris, sacudido por la concentración de la riqueza, la explotación laboral y la desigualdad.

¿Te suena? León XIII puso en el centro de la discusión lo que muchos evitaban: la dignidad de los trabajadores, la justicia en la economía y el derecho de las personas a organizarse para defender su vida y su trabajo.

Unas décadas antes, en 1844, los Pioneros de Rochdale fundaban el cooperativismo moderno respondiendo a esas mismas injusticias de la era industrial.

La doctrina social de la Iglesia y la doctrina cooperativa, aunque tienen orígenes distintos, miraron la misma realidad y llegaron a convicciones profundas que hoy siguen más vigentes que nunca.

La dignidad humana, la solidaridad, el bien común, la participación y la subsidiariedad son más que teoría: en una cooperativa se vuelven práctica diaria. Cuando nos asociamos libremente para resolver una necesidad, el capital pasa a ser una herramienta y no quien toma las decisiones. Las personas están primero.

En febrero de 2015, el Papa Francisco recibió a las cooperativas italianas y rescató justamente este hilo con León XIII. Nos dijo algo que nos quedó grabado: que no alcanza con administrar bien nuestras empresas; tenemos que seguir inventando nuevas formas de cooperación, llegar a los sectores más postergados y dar respuestas donde el mercado o el Estado no llega o no le interesa llegar.

Hoy León XIV recupera esa misma preocupación, pero la pone de frente a un mundo completamente distinto, un mundo en guerra, en el que la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías y las transformaciones en el mundo del trabajo nos vuelven a hacer la misma pregunta fundamental: ¿cómo logramos que todo este progreso sirva para mejorarle la vida a la gente y no para seguir dejando personas afuera?

Quienes estamos en la gestión de cooperativas de servicios públicos lo vemos cotidianamente, cada vez que hablamos de transición energética o inclusión digital, tenemos que preguntarnos quiénes van a poder acceder a esos avances y quiénes corren el riesgo de quedar excluidos. Porque de poco sirve incorporar tecnología si sus beneficios no llegan a toda la comunidad.

En nuestras cooperativas, la transición energética o la inclusión digital no pueden ser debates puramente técnicos o económicos. Deben ser transformaciones profundamente sociales: la tecnología y el progreso deben estar al servicio de las personas, y no al revés.

Hablar hoy en Argentina de la dignidad del trabajo y del bien común es hablar de la realidad de nuestras familias que están endeudadas, de trabajadores a los que el sueldo no les alcanza, de PyMEs que hacen malabares para no cerrar y de comunidades que se organizan como pueden para no quedar desamparadas.

La cuestión social que desvelaba a León XIII hoy sigue teniendo rostros, nombres y necesidades bien concretas acá y ahora.

Por eso me parece tan importante que este encuentro reúna a trabajadores, sindicatos, organizaciones sociales, pymes, cooperativas y mutuales. En un tiempo de tanta agresión y fragmentación, sentarnos a dialogar alrededor de la dignidad del trabajo y el bien común es, en sí mismo, un mensaje muy fuerte.

Entre las mil personas que nos vamos a congregar en la UCA habrá representantes de organizaciones que tienen algo en común: nacieron de necesidades concretas, de personas que se juntaron para resolver lo que nadie les resolvía. Esa experiencia compartida nos recuerda algo que atraviesa nuestra historia: los problemas comunes requieren soluciones colectivas.

Hace doce años me tocó caminar 33 kilómetros para participar de otra misa. Era una noche fría, húmeda, con barro por todos lados. Caminaba cantando junto a 200.000 personas que también compartían un código de vestimenta en tonos oscuros como para ver al Papa (pero más rockeros): íbamos con Ariel, mi esposo, y un grupo de amigos al recital del Indio en Gualeguaychú.

No era una fanática fundamentalista de Los Redondos, pero quería vivir eso: la comunión popular, miles de personas caminando, cantando y moviéndose juntas por una misma pasión. No recuerdo una movilización más impactante en mi vida (ni un cansancio similar). Creo que lo que me conmueve de esas experiencias multitudinarias es entender que somos parte de algo mucho más grande que nosotros. Y pienso que eso también está en el corazón del cooperativismo: la posibilidad de encontrarnos, organizarnos y construir algo que individualmente sería imposible.

Este lunes vamos a ser entre uno y dos millones de personas movilizadas y siete en total entre CABA, Luján y Córdoba. Muchas, como yo, impulsadas por la fe; y muchas otras, como la Gisela de 2014, motivadas por vivir una experiencia popular transformadora.Me emociona saber que, de alguna manera, desde nuestra pequeña comunidad, Ibarlucea, estamos presentes.

Ligia, la secretaria de nuestra cooperativa, que está allá hace varios días poniendo el cuerpo como voluntaria; Rocío, que también trabaja en la coope y viaja junto al grupo de la parroquia; y hasta Lautaro —el hijo de Luciana, otra compañera de la coope— a quien la seguridad del Vaticano le sacó el celular hace días porque está trabajando en el montaje técnico del sonido de Córdoba.

Al final, todo lo que venimos hablando se trata de esto tan simple y transformador: de personas que se organizan, que ponen el cuerpo, que participan y que construyen comunidad. Desde una cooperativa, una parroquia, un sindicato o una multitud que camina junta. La solidaridad y el bien común es lo que aparece cuando las personas deciden hacer algo juntas.

Sea como sea, en este momento tan áspero de nuestro país y del mundo, no me sale otra cosa que decir con el corazón: gracias León XIV por venir y «BIENVENIDOS TODOS».

*Presidenta de la Federación Santafesina de Cooperativas de Electricidad, Obras y Servicios Públicos (Fescoe) y miembro del Consejo de Administración de Cooperar.